lunes, 29 de febrero de 2016

Hidrogeología urbana. Los ríos perdidos de Valencia (I)

Si tuviese que describir Valencia desde el punto de vista geográfico posiblemente las principales características que citaría son las siguientes:

1. Valencia es una ciudad absolutamente llana.
2. Valencia es una ciudad fluvial.

La primera afirmación es fácilmente constatable. Y no sólo por las evidencias topográficas. El callejero de una ciudad, en especial las ciudades grandes, constituye, en ocasiones, un auténtico registro fósil de la paleogeografía perdida cuando la expansión de las urbes hizo desaparecer bajo el pavimento el terreno original. Así, en Valencia es posible pasear por la Ciutat Vella por calles llamadas Alta y Baja, o por la plaza Redonda o Clot (hondonada), mientras que más allá de la muralla existían (y existen como zonas de la ciudad actual) el Pla (Llano) del Remei, el de la Saïdia y el del Real. Las diferencia de cota entre estas zonas es ta pequeña que tan sólo en una ciudad como Valencia podían ser una referencia topográfica. No obstante, esas pequeñas diferencias pueden ser críticas en una ciudad así: los romanos decidieron construir el asentamiento original en una isla del Turia que, por añadidura, quedaba algo por encima del resto de territorio circundante (allí sigue estando la Catedral, junto al yacimiento arqueológico romano de la plaza de L’Almoina). Lo acertado de esa elección se pone de manifiesto al comprobar que en la gran riada de 1957 la antigua ciudad romana quedó por encima del nivel de las aguas (aunque no siempre parece haber sido así).

Restos puerto fluvial
Restos arqueológicos que, probablemente, pertenece a la base de un portal ya desaparecido existente entre la puerta de Serranos y el Portal Nou. Se encuentra a la salida del túnel de Blanquerías, en las inmediaciones de las Torres de Serranos
Acerca de la segunda, quizá puede haber más debate. Más de un visitante se queda perplejo al ver como los valencianos hacemos referencias constantes 'al río', un río que aparentemente sólo está en nuestra mente. Cuando el visitante se acerca 'al río', lo que se encuentra es con un gran parque lineal que ocupa una traza curva deprimida respecto al nivel de las calles adyacentes y que abraza la ciudad vieja durante casi 10 km hasta llegar al mar, justo donde ahora se encuentra la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Así pues, ¿a qué río se refieren los valencianos? De haber llegado a la ciudad antes de 1973 no habría habido ninguna duda. donde ahora está el gran jardín lineal el viajero habría hallado al río Turia, ese modesto río capaz de transformarse de tanto en tanto en una fuerza de la naturaleza de una magnitud difícil de creer en épocas de estiaje. Y es que, efectivamente, desde su fundación Valencia fue una ciudad fluvial, no una ciudad marítima: el mar queda, como entonces, a casi 6 km de la ciudad vieja. Bueno, no exactamente, ya que la línea de costa ha retrocedido desde la fundación de la ciudad en casi 2 km empujada por la progradación de la llanura costera.

Valencia por Guesdon
Grabado de Valencia realizado por Alfred Guesdon den 1858. En primer término la curva del Turia que abraza la Ciutat Vella por el Norte. Se ven claramente cuatro de los puentes históricos. El más cercano es el de San José (siglo XVI), que conduce al portal Nou, derruido junto con el resto de las murallas en 1865. Siguiendo el perímetro de la muralla se ven las Torres de Serranos, que se salvaron de la demolición

Así pues, ¿qué pasó con el río? Tras la riada que arrasó la ciudad en el otoño de 1957 se adoptó la decisión de, mediante una de las mayores obras de ingeniería civil de su época, desviar el curso del río Turia al sur de su cauce natural, donde discurre hoy en día. Los viajeros que llegan a Valencia en ferrocarril de alta velocidad cruzan los cajeros del cauce nuevo minutos antes de llegar a la estación, aunque raramente veran la lámina de agua del río, que suele fluir bajo la escollera que recubre el fondo del canal para evitar su erosión en ápocas de crecida. Para entender la magnitud de la obra es imprescindible saber que el Turia, un río cuyo módulo (caudal medio) es de unos 14 m3/s en Vilamarxant, aguas arriba de la ciudad de Valencia, alcanzó un caudal estimado de 3.700 m3/s durante la crecida de 1957. Este valor ha sido revisado recientemente por la propia Confederación Hidrográfica del Júcar, que lo ha elevado a 4.200-4.400 m3/s. Y, todavía más, hay quién estima que el caudal pudo llegar a ser de 6.000 m3/s [1]. Así se entiende la enorme dimensión del cauce nuevo, dimensionado para conducir una avenida de 5.000 m3/s. Mientras escribo esto, y amodo de comparación, el caudal del Ebro en la ciudad de Zaragoza es de 1.027 m3/s.

Cauce nuevo
El cauce nuevo del Turia mirando aguas abajo cerca de su inicio en la localidad de Quart de Poblet
Así pues, en el año 1973 el río Turia perdió, de momento, su antiguo cauce. Esta es la última, pero no la primera, de las ocasiones en que la ciudad ha cambiado su apariencia modificando los cursos de agua junto y sobre los que creció. Estos cambios dejan un rastro que podemos descubrir en la actualidad, pues el trazado actual de las calles, por ejemplo, conserva alineaciones y estructuras asociadas a la topografía antigua, a la vez que en el subsuelo se han descubierto depósitos de relleno de canal y restos de infraestructuras hidráulicas.

Paleocauces
Mapa de la Valencia antigua en la que se representan los dos paleocauces que la atravesaron. Tomado de [2]
Tal es el caso del eje que conduce desde la plaza de Tetuán por la calle Navarro Reverter y hasta el Pla del Remei, que fosiliza el trazado de una antigua rambla denominada dels Predicadors, que quedó aislada y aterrada tras la construcción de la muralla medieval. La depresión topográfica es absolutamente evidente mirando desde el puente del Real hacia la Glorieta, lugar en el que precisamente por ello se alcanzó una altura de agua de más de 3 m sobre la rasante de la calle durante la riada del 57.

También es el caso de otro par de cauces, uno al norte del curso actual y otro que abrazaría la ciudad antigua por el sur [2]. Según algunas propuestas, el trazado actual de la calle de las Barcas y su continuación Pintor Sorolla seguirían ese antiguo paleocanal meridional del río, al que se ciñeron las murallas árabes del siglo XI (se han hallado en el subsuelo de la vaguada del Mercat depósitos de arenas de potencia métrica que parecen respaldar esta hipótesis). Y es que, sobre todo, la ciudad de Valencia es una ciudad fluvial porque está construida sobre la llanura de inundación del Turia, un río de tipo braided o entrelazado, caracterizado por discurrir por su llanura sin un cauce definido ni permanente, siendo frecuentes los cambios de curso tras episodios de avenida con gran transporte de sedimentos. Todos esos materiales fluviales, arenas, gravas y limos constituyen un gran acuífero del que, durante casi toda su historia, se abasteció de agua potable la población mediante la construcción de pozos dentro del perímetro de las viviendas. Esta situación cambió cuando se acometió la construcción de la red de distribución canalizada de agua a la ciudad, cuyas primeras actuaciones se inauguraron en 1850. Todavía hoy se pueden encontrar en las fachadas de algunos edificios de la Ciutat Vella placas anunciadoras del entonces novedosísimo (e indudablemente más salubre) sistema de abastecimiento. Toda una evidencia del progreso.

Placa fachada
Rótulo anunciador de que una vivienda del centro histórico poseía en su origen agua filtrada de alta presión. Un avance enorme comparado con el abastecimiento tradicional de pozos
Otras evidencias fósiles de aquel progreso se encuentran, por ejemplo, en la denominación del mercado de los Filtros, en Manises, cuyo nombre hace referencia a la instalación de tratamiento del agua de abastecimiento de la ciudad (los filtros) antecedente de la actual planta de tratamiento de La Presa, otra infraestructura construida en aquella época a modo de captación. Y, todavía más, el Museo de Historia de Valencia ocupa un antiguo depósito junto a la Creu de Mislata desde el que partían las canalizaciones de distribución a la ciudad. Este museo merece ser visitado (entre otras razones) por lo espectacular de su construcción, una sala de grandes dimensiones materializada mediante bóvedas de fábrica de ladrillo sostenidas por columnas ejecutadas de la misma manera.

Museo
El antiguo depósito de abastecimiento de agua potable a la ciudad, entre las localidades de Valencia y Mislata, construcción que ahora alberga el Museo de Historia de la ciudad. Las escaleras de la derecha salvan un escarpe de los varios que descienden hacia el antiguo cauce en este punto
En cualquier caso, para un visitante los vestigios más evidentes de la existencia pasada del Turia son, sin ninguna duda, los puentes. Valencia tiene muchos puentes construidos en distintas épocas pero de entre todos ellos destacan los cinco históricos: San José, Trinidad, Serranos, del Real y del Mar. Se construyeron entre los siglos XIII y XV y es evidente que sus constructores eran conocedores de la amenaza de las crecidas y de la necesidad de levantar estructuras capaces de resistirlas (el puente del Mar, por ejemplo, sustituyó a uno anterior destruido por la avenida de 1589).

Puente del Mar
El Puente del Mar, uno de los puentes históricos de Valencia. Construido en el siglo XVI para sustituir a uno precedente destruido por la avenida de 1589
Aunque por muy impresionantes que sean estos puentes, lo que de verdad asombra por la magnitud de la obra son los pretiles del cauce antiguo. Estas magníficas estructuras se construyeron tras la destrucción de la ciudad por la avenida de 1589 y las obras se extendieron desde 1591 hasta 1789. En el lado de la ciudad, la margen derecha, la longitud de las defensas es de más de 7 km, algo verdaderamente extraordinario. Las continuas avenidas del río (entre 1321 hasta 1957 hay registradas 24 riadas) obligaron a tomar la decisión de acometer tan magna obra.

Pretiles
Pretiles del cauce a la altura del Azud de Rovella. El estrechamiento corresponde con los restos de la obra de toma de esta acequia. Al pie de la escalera se aprecia lo que posiblemente era la guía de la compuerta de la obra de derivación
Y ya que estamos, al echarle un vistazo a los sillares de los pretiles vemos que están constituidos por calizas fluviolacustres con moldes de plantas acuáticas aparentemente en posición de vida. Estos materiales de construcción proceden, como en la práctica totalidad de edificaciones de la época y posteriores, de canteras próximas a Valencia en afloramientos de calizas neógenas continentales. Es curioso pensar que los cursos de agua en que se formaron esas rocas pudieron ser afluentes de un río Turia neógeno.

Sillar
Calizas fluviolacustres neógenas empleadas en la construcción de los pretiles y el propio azud de Rovella
Según remontamos el Turia, encontramos un nuevo tipo de estructura. Se trata de una gran obra de sillería que intercepta el cauce antiguo de lado a lado. Cada día miles de personas pasan a su lado posiblemente sin sospechar que se trata de una infraestructura esencial en su momento para el mismo funcionamiento de la ciudad antigua: el azud de Rovella.

Azud de Rovella
El azud de Rovella, en el cauce viejo del Turia. En el centro del cauce se sitúa un edificio moderno, la Casa del Agua, que alberga un retén de policía local. El río fluía de izquierda a derecha de la imagen
Un azud es una represa que se construye en un curso de agua para generar una lámina a una cierta cota que permita la toma de aguas por un canal para destinar el caudal captado a algún fin determinado. En este caso, aquí tenía su origen la acequia de Rovella, cuyo fin principal era la de servir como drenaje de las aguas negras de la ciudad. Tan sólo al abandonar ésta se utilizaban sus aguas para riego de huertas y arrozales. A día de hoy, y a pesar de la construcción de colectores de saneamiento acometida desde 1975, la acequia, que discurre enterrada bajo las calles de la ciudad, todavía recibe vertidos en un volumen no cuantificado. No obstante,  ya no tiene su origen en este azud ya que, como es evidente, no hay un río del que captar agua. Y con esto nos encontramos por primera vez con las acequias de Valencia. Las acequias de la huerta de Valencia constituyen una auténtica red fluvial milenaria construida por la mano del hombre para regar la fertilísima vega del Turia.

Mapa de acequias
Mapa de las acequias de la jurisdicción del Tribunal de las Aguas, una red fluvial artificial que en buena parte se encuentra enterrada bajo la propia ciudad de Valencia. Tomado de la web del Tribunal.
Existen ocho acequias madre de las que parte en una red jerarquizada toda un sistema de canales de menor entidad que cubren todo el territorio. Estas acequias constituyeron durante cientos de años una infraestructura esencial para la ciudad y las poblaciones que la rodeaban hasta el punto de disponer de un órgano de gobierno exclusivo que se ha mantenido operativo desde hace cientos de años: el Tribunal de las Aguas, el órgano jurídico más antiguo de Europa. Estas acequias madre parten de ambas márgenes y son: Quart, Benáger-Faitanar, Tormos, Mislata, Mestalla, Favara, Rascanya y Rovella. La superficie regada es de una s17.000 ha. Si visitáis la ciudad podréis ver en la plaza de la Virgen una fuente monumental dedicada al padre Turia y sus hijas, las acequias de la ciudad.

Fuente Turia
El Padre Turia rodeado de las acequias de la huerta de Valencia. La Cornucopia es una alegoría de la riqueza de la vega y es uno de los primeros símbolos de la Valencia romana
Algunas de estas acequias, como la de Rovella y la de Favara, penetran y discurren por la propia ciudad, que en su crecimiento las ha ido cubriendo. Los terrenos que se regaban de ellas han quedado urbanizados y en el caso de las que tenían como misión el riego (ya hemos comentado que la de Rovella servía, principalmente como colector de aguas negras) han quedado soterradas y olvidadas. Pocos saben del trazado actual de esas acequias bajo nuestras calles. Las obras que se van realizando descubren de tanto en tanto su trazado y, en el caso de la Ciutat Vella, restos arqueológicos de obras hidráulicas asociadas a las mismas, como molinos. También estos cursos de agua son, en cierto modo, ríos perdidos. Es fascinante pensar como el cambio de la sociedad ha hecho que ciertas obras, de las que dependía la propia supervivencia de los habitantes del territorio, hayan quedado olvidadas para la mayoría en el transcurso de unas décadas a pesar de encontrarse delante (y debajo) de nosotros, todavía en servicio.

Rovella
Trazado de la acequia de Rovella bajo las calles de Valencia. En el centro de la imagen se aprecia la curva que sigue el antiguo trazado de la muralla cristiana a lo largo del eje Guillem de Castro-Xátiva-Colón.
Siguiendo nuestro recorrido río arriba y al pasar el azud de Rovella llegamos al parque de Cabecera (justo al lado del Museo de Historia de la ciudad, el antiguo depósito del que hablamos anteriormente). Aquí encontramos una estructura aún en servicio que nos señala el curso de la acequia de Favara. Si se presta atención, aún es posible escuchar el ruido del agua al correr por la canalización, ahora subterránea.

Compuertas Favara
Obra de derivación de la acequia de Favara, todavía en servicio, en el linde entre Mislata y Valencia, junto al parque de cabecera y el antiguo cauce del Turia (que se encuentra a la derecha en la imagen)
Estamos en un punto de gran interés, en el límite entre Valencia y Mislata. Aquí nos encontramos por primera vez con los desniveles que asociamos a las terrazas de un río y que hasta ahora no hemos encontrado en nuestro recorrido. De hecho, los mayores desniveles de la ciudad. Por fin tenemos ante nosotros las primeras evidencias de un valle fluvial con un río encajado entre terrazas formadas en distintas épocas. Estas terrazas se explotaron como canteras de árido en la zona donde posteriormente se construyó el parque de cabecera.

Parque cabecera
Vista hacia el parque de cabecera desde Mislata. El viejo cauce queda a la izquierda. La pendiente forma parte de los escarpes del sistema de terrazas fluviales del río. En esta zona encontramos los mayores desniveles entre la ciudad y el río
Valencia se sitúa en la llanura de inundación construida por el Turia al final de su valle, que ha rellenado a favor de la marcada subsidiencia del área desde finales del Terciario. Esto ha hecho que superpongan en la llanura varias estructuras generadas por la acumulación de materiales detríticos: los piedemontes de las alineaciones montañosas que rodean la ciudad (como el Plà de Quart, por el oeste); los abanicos aluviales de ramblas y del propio río, éste último el más extenso y que se extiende hacia el sur desde la población de Quart. Y por último, la propia llanura de inundación formada por sucesivos periodos de crecida [3].

Geomorfológico Carmona
Geomorfología de la ciudad de Valencia y su entorno. En marrón los piedemontes de las sierras que rodean la llanura del Turia. En rosa las terrazas del río, que se solapan sobre la superficie del piedemonte del Pla de Quart. Carmona y Ruíz en [4]. 
Y ya que hablamos de Mislata, hay que decir que la idea para escribir este artículo comenzó aquí, al pensar seriamente por primera vez en un detalle topográfico bastante intrigante: el escalón o pequeño escarpe que recorre esta población de este a oeste a lo largo de la misma y que, en realidad, es la manifestación del desnivel existente entre la parte alta de la población (básicamente al norte de la calle Mayor) y la baja, al sur de este eje. Mislata se encuentra junto a Valencia, tan cerca de ella que el tejido urbano de una y otra se han unido y el tránsito se hace sin solución de continuidad. Hace unas décadas era una pequeña población de L’Horta cuyos habitantes se dedicaban básicamente a labores agrícolas en los campos que la rodeaban y que lindaban al norte con el Turia. A día de hoy prácticamente todo su término municipal está urbanizado, con poco orden y ningún respeto por la arquitectura tradicional, por lo que salvo algunas pequeñas zonas en lo que fue el núcleo original no queda nada que recuerde (salvo sus habitantes) un entorno que debió ser bastante bonito: pequeñas huertas regadas por acequias que descendían en terrazas hacia el cauce del río y con la vista de la ciudad de Valencia hacia el este. En 1957 el entorno de Mislata estaba rodeado de toda una serie de infraestructuras asociadas al río que sin duda constituían referencias topográficas de primera magnitud. Algunas de ellas, las que son de interés para nuestra historia, aparecen en indicadas en la siguiente ortofoto procedente del vuelo Americano, del que ya hemos hablado en una ocasión.

Mislata 1957 editado
Vuelo de Mislata en 1956. Se señalan con líneas punteadas los dos escarpes mencionados en el texto y con rayas las superficies delimitadas por los mismos. Se señalan, también, varias referencias geográficas  que se visitarán en esta serie de artículos: 1. Casco urbano histórico de Mislata 2. Depósito de abastecimiento de agua original de la ciudad 3. Azud de Rascanya 4. Azud de Favara 5. Molí del Sol 6. Azud de Rovella
Por contra, así aparece a día de hoy la zona, 60 años después. Echamos en falta algunas cosas, la primera de ellas el propio río, desviado hacia el sur a su nuevo cauce. Tampoco hay ni rastro del azud de Favara (hablaremos de esto más adelante). Sobre la imagen he señalado con dos líneas de puntos los dos escarpes (sí, hay más de uno) fácilmente identificables en la localidad de Mislata y he señalado con rayados oblícuos las superficies subhorizontales delimitadas por las mismas.

Mislata 2016 Editado
Mislata y Valencia en 2016. Se señalan con líneas punteadas los dos escarpes mencionados en el texto y con rayas las superficies delimitadas por los mismos. Se señalan, también, varias referencias geográficas  que se visitarán en esta serie de artículos: 1. Casco urbano histórico de Mislata 2. Museo de Historia de Valencia 3. Azud de Rascanya 5. Molí del Sol 6. Azud de Rovella
[3] Evolución holocena de la llanura costera del río del Turia. Pilar Carmona González.

[4] Patrimonio hidráulico del bajo Turia. Varios autores. Confederación hidrográfica del Júcar.

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lunes, 25 de enero de 2016

Geología indoor: un mar a tus pies

Seguro que sabéis de lo que hablo. Entráis a un edificio, por una razón u otra. Quizá os han convocado a una reunión, o quizá se trata de un hotel. Tal vez un edificio público de la Administración. Sea como fuere, tenéis que esperar. Ya al entrar os ha llamado la atención algo en las rocas ornamentales empleadas en el pavimento o en los revestimientos de las paredes, y ahora disponéis de tiempo para echar un vistazo detallado. Ante la extrañeza de vuestros acompañantes (os conozcan o no creo que nunca se acostumbran) y/o del resto de presentes, os acercáis a aquello que os llamó la atención. A veces son detalles inconexos: una estructura, un mineral, el tipo de roca del mostrador…pero otras veces el material utilizado en la construcción constituye un auténtico muestreo sistemático de la cantera de donde procede. En estos casos nos encontramos ante un auténtico afloramiento ‘indoor’ en el que cada losa es una página de una historia coherente (en sentido estricto) y, de algún modo, sabemos que podemos llegar a leer la historia si consultamos el número suficiente de páginas y conseguimos ordenarlas. Es como encontrar parte de un libro viejo: sin portada, sin autor, parte de un relato que nos lleva a formularnos más preguntas. O como cuando pillas una película a medio en la tele: no sabes qué ha llevado a los personajes al punto en que se encuentran, pero si la historia es interesante y te engancha, te quedas delante del televisor tratando de resolver todas las preguntas y de deducir las relaciones entre los personajes. Según parece, a los seres humanos nos encanta construir historias a partir de hechos aislados (algunos lo llaman chismorrear, otros lo llaman ‘montarse películas’). Pues a nosotros nos gusta chismorrear…sobre rocas.
Tweet porfidoclasto
Esperas en la recepción de un hotel y te encuentras con este bonito porfidoclasto, y tu imaginación vuela tratando de averiguar la historia escondida sobre el mostrador. Visto en el hotel Emperatriz III de Santa Marta de Tormes, Salamanca.
Durante este otoño he pasado varias semanas trabajando en Tres Cantos en el edificio de un cliente. El pavimento era una caliza de color gris oscuro bastante uniforme en la que, a primera vista, sólo destacaban unos filoncillos de calcita con evidencias de haber sufrido procesos de deformación. Se trata de un edificio muy grande, de varias plantas, todas pavimentadas con este material.

Vista general
Ay, ay, esas rocas. Bien merecen echar un vistazo
Tratándose de calizas, el origen marino parece casi seguro, pero no hay nada como encontrar un fósil para confirmarlo. Y en este caso, el primero que encontré, seguido de muchos más de su tipo, fue el rostro de un belemnites. Una vez que ves el primero ya no puedes dejar de buscar…

Belemnites 1
Oh sí. A las primeras
de cambio, un belemnites
Belemnites 2
Otra sección, esta vez según el eje dorsoventral
Como ya sabemos, los belemnites eran cefalópodos similares a las actuales sepias de las que, por lo general, tan sólo se conserva el rostro, defensa ahusada de su cuerpo (las partes blandas sólo fosilizan en condiciones excepcionales). Son animales pelágicos y nos indican que las calizas que pisamos se depositaron en un ambiente de aguas abiertas. En la misma línea apunta el grano fino de las calizas, que tan sólo puede acumularse en condiciones de baja energía (lejos del oleaje o corrientes de entidad). Y aún tenemos un indicio más que nos dirige en esa dirección: el color oscuro de las calizas, que por lo general es indicativo de presencia de materia orgánica. En este mundo nuestro (aquí y ahora) la materia orgánica se degrada rápidamente en presencia de oxígeno por lo que tal abundancia de carbono nos cuadra con un medio de aguas profundas. Vaya, vamos teniendo una historia. Sabemos algo de dónde (en un océano relativamente profundo) y de cuándo (lo más normal es que una caliza con belemnites sea jurásica o cretácica y desde luego, en ningún caso posterior a este último periodo. Al final del Cretácico estos animales se extinguieron, junto con muchos otros, tras la caída del ya famoso asteroide). Nuestro chismorreo geológico nos permite disponer de una historia coherente.

A estas alturas, mi compañero Gonzalo Che ya se había acostumbrado a verme mirando al suelo y a disimular cuando el resto de ocupantes del edificio me veían hacer fotos a una moneda. Y lo que es más, se había unido a la cpirital fósil. Entonces reparé en otro interesante detalle: no todo era carbonato cálcico aquí. en algunas losetas aparecían secciones de cuerpos de forma ahusada o redondeada, más brillantes y oscuros que la matriz en la que flotaban. Interesante. La primera idea es que se trata de nódulos de sílex, algo que se puede comprobar sin más que coger un guijarro de cuarzo o cuarcita en el camino desde la parada del autobús o el aparcamiento. Esto es fácil ya que Tres Cantos se encuentra sobre el piedemonte de la sierra de Guadarrama. Si aplicamos el guijarro (con disimulo) vemos que raya a la caliza, pero no a los nódulos.

Nódulo de sílex
Esos nódulos atraen como un imán la mirada. 
La sílice (óxido de silicio) necesaria para la formación de los nódulos puede proceder de distintas fuentes (recordemos que, hasta cierta profundidad, es más soluble que que el carbonato cálcico): quizá se trate de emanaciones volcánicas que producen un incremento en la concentración de este óxido en el agua o, más probablemente, tiene un origen orgánico y procede de la disolución y posterior precipitación de la sílice que forma los esqueletos de ciertos seres vivos, como las algas diatomeas (un componente del fitoplancton) o algunas esponjas. Ya vimos en nuestro viaje a Ordesa nódulos de sílex de este último tipo, aunque en este caso no encontramos fragmentos esqueletales como entidades reconocibles sino que la formación de los nódulos está controlada por la precipitación de sílice ante cambios en las condiciones geoquímicas (como, por ejemplo, el pH) o físicas (presión temperatura) del agua marina  y la diferente solubilidad del carbonato y la sílice al varias éstas. Raramente asociamos los nódulos de sílex con carbonatos de aguas someras con lo que este indicio, una vez más, se suma a los anteriores para darnos a entender que nos encontramos ante sedimentos de aguas profundas.

Como teníamos muchos días, vimos muchos metros cuadrados de pavimento. Y seguimos haciendo hallazgos. Por ejemplo, una zona exterior del edificio contenía losetas con un llamativo moteado ferruginoso. Podría parecer contradictorio que hallemos óxidos de hierro en un sedimento depositado en condiciones de escasez de oxígeno. Pero hay otras explicaciones. Cuando el oxígeno escasea prosperan bacterias que emplean medios alternativos para obtener energía, como reducir los sulfatos del agua marina a sulfuros. De esa forma el hierro cristaliza en la forma de sulfuro de hierro o, en otras palabras, pirita. Solamente a posteriori, al exponerse la roca a condiciones oxidantes en la superficie, la pirita se transforma en otra formas de hierro como la limonita, por ejemplo.
Manchas ferruginosas
Hum...¿fue pirita lo que ahora es un óxido de hierro?
Todo muy lógico, ¿no? Y entonces…

…aparece esto:

Artejos
Esta roca no se parece a la otra: grano grueso, poca o ninguna matriz...
No, no hablamos de la llave. A poco que nos fijemos distinguiremos esas pequeñas formas blancas con simetría pentagonal. Se trata de artejos de crinoides, esas pequeñas piececitas que unidas una tras otra forman el tallo de los lirios de mar. Podríamos pensar que se trata de fósiles marinos como los belemnites y que, por tanto, este hallazgo no aporta nada más a lo que ya sabíamos. Antes de precipitarnos en las conclusiones, fijémonos más. A diferencia de los belemnites, los artejos de crinoides aparecen en una matriz de grano más grueso, del tamaño de una arena. Transportar arena hasta el lugar de su deposición requiere energía, algo contradictorio con las calizas de grano fino que hallamos previamente. ¿Qué explicación tiene que hallemos conviviendo calizas de grano fino (mudstones) con calizas de grano grueso (calcarenitas bioclásticas, grainstones)? Suponemos que ambos tipos de calizas se depositaron unas junto a otras porque en la cantera se extraen bloques del afloramiento original que posteriormente se cortan en placas y se paletizan tal y como se cortan para enviarlos a obra. Una vez allí, el material se pone conforme se recibe y se desembala, por lo que es muy probable que las baldosas que aparecen cerca en un edificio también estuviesen cerca en el afloramiento/cantera. Si nos fijamos en la matriz, veremos que en su mayor parte se trata de fragmentos de artejos de crinoides y otros fragmentos esqueletales no reconocibles.

Detalle matriz
Un detalle de los bonitos artejos de crinoides
Con el tiempo, encontramos un nuevo tipo de fósiles: ammonites. Se trata de otro cefalópodo que, en este caso, si poseía una concha externa dividida en cámaras en la que se alojaba el animal. También se trata de un animal pelágico que nos indica condiciones de aguas abiertas, aunque es cierto que se hallan en extensiones amplias ya que una vez muerto el animal la concha flota en las corrientes hasta que se hunde y se deposita en el fondo. Los ammonites aparecen como fragmentos más o menos completos también embebidos en una matriz calcarenítica. Esto apunta también a un transporte o retrabajamiento en un medio de alta energía.

Ammonites
Y hasta ammonites aunque, eso sí, un poco maltratados
En algunos casos, los niveles de baja energía y los de alta energía parecen estar muy próximos en una sucesión vertical. Las secciones del pavimento parecen paralelas a las capas (lo que quiere decir que, probablemente, son subhorizontales, considerando horizontal el fondo marino original). O eso parece viendo que todos los fósiles reposan sobre sus caras de mayor desarrollo. Así pues, sólo podemos sospechar la proximidad vertical al encontrar planchas en las que conviven áreas de matriz fina con otras áreas con textura grainstone/packstone. Ya sé que esto implica un nivel alto de especulación, pero ya he avisado de que nos íbamos a montar una película.

Mudstone-grainstone
Algunas placas presentan una curiosa convivencia entre material fino y grueso
Así pues, ¿cómo interpretamos lo que estamos viendo? Pues una de dos: o nos encontramos ante rocas que proceden de dos canteras diferentes y que un constructor graciosete ha mezclado para volvernos locos o nos encontramos ante rocas formadas en un ambiente en el que alternaban condiciones tranquilas, de baja energía, con otras de alta energía. La forma en que se disponen las losetas en el pavimento, en la que ambos ambientes se encuentran unos junto a otros, me hace inclinarme por esta última posibilidad. Una interpretación razonable sería que estas rocas se formaron en el fondo de una cuenca marina abierta, como ya sospechábamos, en la que se depositaban calizas de grano fino y en la que vivían animales pelágicos como los ammonites y belemnites. No obstante, el talud que limitaba la cuenca no debía estar muy lejos, ya que de tanto en tanto se producían episodios de tormenta que traían a la cuenca avalanchas de material más grueso procedente de una rampa carbonatada. Estas corrientes tendrían la energía suficiente para transportar y seleccionar los fragmentos esqueléticos de los crinoides y los ammonites. Hacia arriba, en la rampa, en el area fuente del material grueso, debía haber extensas praderas pobladas por los crinoides (y casi nada más, ya que no aparecen fósiles de otro tipo como lamelibranquios, corales o braquiópodos). Entre episodio tempestítico y episodio tempestítico reinarían las condiciones de sedimentación normal en las que se depositaban las calizas finas. Especulativo, pero probable. O eso creo.

Por último, un par de detalles. Evidentemente la historia de estas calizas no acabó con su formación a partir de barro carbonatado o restos esqueléticos, ni tampoco con la precipitación de sílice que dio lugar  a los nódulos de sílex. Son abundantísimas las evidencias de deformación posterior a que estas rocas fueron sometidas. Y eso nos permite ver cosas interesantes. Por ejemplo, vemos como las fracturas en el cuerpo rocoso sirven como caminos preferentes de circulación de fluidos, lo que intensifica los procesos de disolución/precipitación/cristalización a lo largo de las mismas. En el siguiente ejemplo la fractura está claramente asociada a un cambio de color que refleja a su vez un cambio composicional.

Fractura
Las fracturas constituyen caminos preferentes para la circulación de fluidos
En otros casos, vemos como los nódulos de sílex responden de manera diferente a los esfuerzos a los que son sometidos junto con la matriz calcárea. En algunos ejemplos se ve como las fracturas han rodeado un nódulo en lugar de cortar a través de él.
Nódulo y fractura
La fuerza de un nódulo
También hay indicios de los regímenes de esfuerzos a que han estado sometidas estas rocas en la existencia de familias de venas de calcita que rellenan lo que parecen fracturas de tensión asociadas a cizalla. Parece evidente que estas rocas viven ahora más cómodamente que en el pasado.

Fracturas de tensión
Familia de fracturas de tensión rellenas de calcita. En algunas parece intuirse la forma sigmoidal que subraya la evolución temporal de éstas
Y para acabar, un bonus extra. Entre las calizas de grano fino aparece lo que parece un fósil muy llamativo. En principio pensé que se trataba de una esponja, pero depués me fijé en que está completamente recristalizado y en que el interior no está relleno de sedimento. Esto da a entender que el fósil consiguió mantener su integridad (y una cámara cerrada) en este ambiente tranquilo. Sospecho que eso excluye a las esponjas y, por el contexto, creo que quizá se trate de la teca o cáliz de un crinoide. La recristalización intensa no nos permite concretar más.

Crinoide
¿El cáliz de un crinoide?

Y hasta aquí esta especie de ‘Sálvame’ o versión geológica de ‘la vieja del visillo’: como montarse una película a partir de unos cuantos indicios.

Y por cierto, si tenéis interpretaciones alternativas o información adicional sobre esta roca, estoy deseando oiros: esto no deja de ser otra forma de preguntar: ¿Y tú? ¿De quién eres?

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miércoles, 30 de diciembre de 2015

Mapas

Recientemente tuve que viajar por motivos laborales a Colombia. Hasta unas pocas décadas la única forma de hacer esto era en barco, un desplazamiento incómodo que requería semanas de tiempo. Hoy en día todo es más sencillo: un avión recorre los 8.000 km que separan Madrid y Bogotá en 10 horas y 30 minutos. Esa distancia equivale a la quinta parte de la longitud del meridiano terrestre y se recorre sin escalas, lo que no está nada mal.

Hay dos clases de personas: los que prefieren viajar en pasillo y los que prefieren la ventanilla. Desde que volé por primera vez, en el año 2001 (posiblemente en un trayecto Madrid – Barcelona) he procurado hacerlo siempre junto a la ventana, algo que también intento cuando el desplazamiento es en tren. A pesar de las incomodidades asociadas a la limitación de espacio para las piernas y el hecho de que levantarse implica molestar al compañero de fila, no quiero renunciar al deleite de ver cambiar el paisaje, especialmente si es desconocido para mí. En el caso de los viajes en avión, el atractivo es todavía mayor ya que el cambio de escala de ver las cosas sobre el terreno a hacerlo desde 10.000 m de altura proporciona una nueva perspectiva muy necesaria, especialmente en lo referente a grandes estructuras geológicas. Este tipo de rasgos de la superficie terrestre, de hecho, son muy difíciles o casi imposibles de apreciar adecuadamente cuando uno se desplaza a pie.

Sin embargo, por más voluntad que uno ponga, siempre se está condicionado por un último factor: la franja horaria en que se realiza el viaje y la disponibilidad de luz diurna. Si bien es cierto que ver una gran ciudad iluminada tiene su propio atractivo, las rocas son las rocas y, en general, no son autoluminiscentes. Pero también en esto tuve suerte, ya que realicé todo el vuelo de ida durante el día, un día muy largo para el gusto de mis ciclos circadianos.

Al subir al avión comprobé cuánto han cambiado las cosas desde mi anterior vuelo transatlántico en el año 2009 (en aquel entonces a Brasil): ahora disponía de una pantalla en mi asiento con todo un surtido de entretenimiento multimedia. Pero lo mejor, sin duda, es esto:

Itinerario vuelo
Nuestra ruta: 8.039 km hasta destino
¡Cuánto han cambiado las cosas desde los tiempos en que la cartografía era una combinación de tecnología y arte! Ahora es posible, no sólo cruzar medio mundo en unas horas, sino que cualquier pasajero puede ver desde su asiento exactamente en qué lugar se encuentra. Es imposible no sentir una punzada de nostalgia al pensar en aquellos tiempos en los que un viaje como éste suponía asomarse al fin del mundo conocido. En casa tengo colgado este mapa del mundo conocido en el año 1529 realizado por Diego Ribeiro, cosmógrafo de su Majestad (una reproducción, en realidad). Al igual que el anterior, representa el producto de toda la tecnología de la época en que fue realizado. Es tan impresionante por lo que muestra como por los espacios en blanco que representan los límites de la tierra conocida.

Mapa 1529 Diego Ribeiro
Mapa de Diego Ribeiro, cosmógrafo de su Majestad, realizado en el año 1529. Aparecen marcados los límites del reparto del mundo entre Portugal y Castilla fijados en el Tratado de Tordesillas. Reproducción comprada en el Museo da Marinha de Lisboa
El caso es que esa pantalla resolvió uno de los principales problemas para el observador de paisajes desconocidos desde el aire: ¿dónde estoy y qué es eso que estoy viendo? En este caso constituiría una guía excelente para un viaje transoceánico sobre varias de las costuras de la Tierra. Despeguemos.

Guadarrama
La sierra de Guadarrama vista al poco de despegar de Barajas
Tras el despegue el avión puso rumbo hacia el oeste. Los primeros minutos recorremos la península ibérica mientras nos aproximamos al océano y al margen continental pasivo de Eurasia. La representación cartográfica de la Tierra en 1529 nos puede parecer antigua, pero no deja de ser una aproximación a una geografía muy conocida, la de la disposición actual de los continentes. No obstante, es todavía más impactante pensar que la línea de costa que tenemos debajo de nosotros es, en realidad, el resultado del proceso de apertura del Atlántico norte. Estos acontecimientos se iniciaron hace más de 150 millones de años con la ruptura de Pangea durante el Jurásico. En aquel entonces habríamos sobrevolado un paisaje similar al del valle del Rift del este a África, un lugar por el que se está rompiendo África en la actualidad y donde en un tiempo geológicamente breve se formará un nuevo océano.

Margen pasivo Portugal
El margen continental pasivo de Eurasia: la costa atlántica de Portugal
Hoy también disponemos de mapas de aquel tiempo, reconstrucciones paleogeográficas de un mundo muy distinto al que dibujó Diego Ribeiro. ¡En aquel entonces el viaje habría sido mucho más corto!

170moll
Reconstrucción paleogeográfica del mundo en el Jurásico medio. Entre las posiciones del macizo ibérico (círculo de la derecha) y de la futura posición de Bogotá (círculo de la izquierda) se extiende el protoatlántico. Fuente: 
A partir de este punto sobrevolamos el Atlántico y es interesante recordar que el fondo del océano que estamos atravesando se formó a partir de aquel momento inicial de ruptura de Pangea, y las partes más antiguas son justamente las que se encuentran en las orillas, junto a las plataformas continentales. El reconocimiento de que el fondo oceánico tiene una edad variable que se incrementa continuamente desde el centro del mismo hacia las orillas es un descubrimiento que se encuentra en el origen mismo de la tectónica de placas y confirmó la famosa hipótesis de Vine-Mathews – Morley: la expansión del fondo oceánico (seafloor spreading), publicada en 1962.

Earth_seafloor_crust_age_1996_-_2
Mapa del fondo oceánico. El código de colores indica la edad: rojo, más moderno. Azul, más antiguo. Las áreas más antiguas de la corteza oceánica del Atlántico se hallan jnto a las costas norteafricanas y la costa este de EE.UU. Fuente: "Earth seafloor crust age 1996 - 2". Licensed under Public Domain via Commons
Y es que la corteza de la Tierra está dividida en placas, como piezas de un puzzle tridimensional. Esas placas pueden contener tanto corteza oceánica como continental, o ambas simultáneamente, y se mueven relativamente entre sí. Ya hemos visto que la corteza oceánica es tanto más antigua cuanto más nos alejamos del centro hacia las costas. ¿Qué quiere decir eso? Pues volviendo a la hipótesis de Vine – Matthews – Morley, que en el centro del océano se está creando continuamente nueva corteza oceánica, y es este fenómeno el que hace que el Atlántico crezca, empujando desde el centro hacia los lados. Este es uno de los tipos de contactos posibles entre placas. Pero si se crea continuamente corteza, ¿por qué la Tierra no se hincha como un globo? Pues porque existen contactos entre placa en los que la vieja corteza oceánica se hunde bajo la corteza de otra placa, levantando una cordillera (como en los Andes) o un arco de islas (como el sudeste asiático). En otros casos, una placa choca contra otra de forma frontal, levantando cordilleras como el Himalaya. Por último, en algunos contactos dos placas pasan una junto a otra, provocando grandes terremotos de tanto en tanto (como en la famosa falla de San Andrés en California). Todo este proceso de creación y destrucción de corteza se conoce como cliclo de Wilson, y de nuevo constituye uno de los pilares sobre los que se edificó el paradigma de la tectónica de placas tras ser enunciado por Tuzo Wilson en 1966. En mi viaje hacia Colombia tuve oportunidad de sobrevolar varias placas y atravesar varios de estos contactos: la placa europea, la placa africana (al pasar cerca del punto triple próximo a las islas Azores), la placa norteamericana, la placa del Caribe y, finalmente, la placa sudamericana.

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Mapa que muestra las placas tectónicas mayores en que se divide la corteza terrestre. Fuente: USGS - Versión en español Daroca90 via Wikimedia Commons [CC BY-SA 3.0]
Así pues, mientras volamos hacia el oeste nos encontramos sobre un océano cada vez más joven, a razón de un año por cada 2,5 cm recorridos, o 1.000 años por cada 2,5 m, o 1 millón de años más joven por cada 2,5 km. Y es que 2,5 cm/año es la velocidad media a la que se está creando nueva corteza en la dorsal centroatlántica. Las dorsales son una serie de cordilleras que recorren todos los océanos de la Tierra. En realidad, la cadena montañosa más extensa de la Tierra, con cerca de 65.000 km de longitud. Nuevamente, su descubrimiento forma parte de ese conjunto de hallazgos que condujeron, una vez atados los cabos, al establecimiento del nuevo paradigma de la geología moderna. Durante años y a lo largo de multitud de expediciones oceanográficas (y también gracias al uso que Harry Hess dio al sonar de detección de submarinos enemigos del buque que comandaba durante la segunda guerra mundial) se recogió la información suficiente para que Mary Tharp y Bruce Heezen publicasen en 1959 el primer mapa del fondo oceánico.

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El famoso mapa del fondo oceánico publicado en 1959 por Marie Tharp y Bruce Heezen. Fuente: Universidad de Columbia

Así que, gracias a la herramienta de navegación proporcionada por Iberia, esperé ansioso el momento en el que sobrevolásemos la dorsal centroatlántica y abandonásemos la placa africana por la norteamericana (recordad que la euroasiática quedó atrás al pasar por el punto triple de las Azores). Lamentablemente, y salvo en Islandia, no hay ninguna evidencia en superficie de la propia dorsal, con lo que el tránsito tenía algo más de espiritual que de físico…

Sobre dorsal Atlántica
Sobre la dorsal centroatlántica...
Y a pesar de tratarse de un momento espiritual, no pude evitar sentirme frustrado cuando al mirar por la ventanilla no vi más que nubes. Vaya ironía. Esperé y esperé y, por suerte, en un  momento dado, el cielo se abrió y pude ver un retazo de mar a través de un claro en las nubes. Ahí abajo, ahí, a unos 3.000 m bajo la superficie, estaba la gran costura de la Tierra.

Sobre dorsal 2
Ahí abajo está la dorsal centroatlántica. No se ve, pero se siente...
Desde este punto no quedaba mucho más que hacer hasta el siguiente hito: el momento en que abandonásemos la placa sudamericana (temporalmente) para sobrevolar una nueva placa: la del Caribe. Si ya hemos visto como el océano Atlántico crece mediante la creación de nueva corteza en la dorsal, en el contacto entre la placa sudamericana y la del Caribe ocurre exactamente lo contrario: la corteza oceánica vieja del Atlántico se sumerge (subduce) bajo la corteza del Caribe. En superficie esto se manifiesta por la formación de un arco de islas, las Antillas Menores, una alineación de islas volcánicas surgidas precisamente a cuenta del proceso de subducción. Los volcanes de las Antillas están formados por el ascenso del magma propiciado por la fusión parcial de las rocas bajo la zona de contacto. Esa zona, delineada por la placa que se hunde hacia el manto terrestre, se conoce como de Benioff-Badatti en honor a los geólogos que la descubrieron. En ella se hayan los focos de los terremotos que sacuden estas paradisíacas islas de tanto en tanto (recordemos el caso de Haití, aunque esta isla, como el resto de las Antillas Mayores, se encuentra en el límite entre la placa del Caribe y la norteamericana). A los efectos de los terremotos se une la devastación de las erupciones volcánicas, que debido a la composición del magma son especialmente destructivas (como suele ocurrir, por otra parte, en este tipo de contextos tectónicos): son muy conocidos los casos de la erupción de Peleé en la Martinica (1902) o la de Montserrat en 1997. En la primera murieron nada menos que 30.000 personas resultando totalmente destruida la capital, Saint Piérre, en la que tan sólo sobrevivieron dos personas, mientras que la segunda forzó a abandonar definitivamente la capital, Plymouth. Se entiende por qué a este tipo de márgenes se les denomina activos, por contraposición a los márgenes pasivos (como el del oeste de Europa). Toda esta actividad tectónica queda reflejada en los mapas de distribución global de terremotos, que delinean perfectamente el límite entre placas. Como podéis ver, los datos que permiten realizar un mapa como éste proceden de la red global de sismógrafos que llevan recogiendo información sobre terremotos de forma sistemática desde hace décadas:

Quake_epicenters_1963-98
Mapa con la ubicación de los epicentros de los terremotos entre 1963 y 1998. Como se ve, delienan perfectamente las placas tectónicas y, además, otras líneas de debilidad en la corteza terrestre, como el rift del este de África. en esta zona, en un futuro próximo, se abrirá un nuevo océano. Fuente: "Quake epicenters 1963-98" by NASA, DTAM project team - http://denali.gsfc.nasa.gov/dtam/seismic/. Licensed under Public Domain via Commons -

El caso es que, finalmente, estábamos sobre un margen convergente, y eso siempre es emocionante. Ahí abajo hay fuerzas en acción cuya escala nos es difícil imaginar:

Antillas
Atravesando el canal de San Bartolomé, entre el arco de islas de las Antillas Menores
Y al mirar por la ventanilla vemos algunas islas volcánicas elevarse sobre las aguas: la manifestación en superficie del proceso de subducción y reciclaje de la vieja corteza Atlántica. Y es que, a pesar de que una edad de 160 millones de años nos pueda parecer enorme, en realidad el sistema de reciclaje terrestre es tan efectivo que no se ha hallado corteza oceánica más antigua que 250 millones de años, comparados con los 4.500 millones de años de edad de la Tierra.

Antillas 2
Algunas pequeñas islas en el canal de San Bartolomé. La que aparece en primer término posee la orografía abrupta propia de estas islas volcánicas
Tras pasar sobre las Antillas nos dirigimos hacia nuestro destino final, la placa sudamericana. En su margen sur, la interacción entre la placa del Caribe y la placa sudamericana es bastante compleja ya que hay tanto subducción como un movimiento lateral (falla transformante) estilo falla de San Andrés. Este último es el caso en el punto de la costa venezolana donde tocamos tierra, de forma que no hay volcanes aquí. Las islas que sobrevolamos tienen un relieve muy bajo y parecen formar parte de una plataforma carbonatada con arrecifes de coral, lagoons, etc. Aparentemente forman parte de un prisma de acreción formado por la subducción de la placa del Caribe. Este prisma de acreción se forma al actuar la placa americana como una rasqueta que retira y apila los materiales depositados sobre el fondo marino del Caribe (imaginad un buldozer) mientras la corteza oceánica se hunde ante ella. Este mismo proceso es el que origina, más al norte, las Antillas Mayores (Cuba, La Española, Puerto Rico…)

Willemstaad
Isla de Willemstad, en las Antillas Holandesas. Se ve perfectamente el puerto ubicado en lo que parece un lagoon conectado con mar abierto por un canal. Esta isla posee un relieve plano que parece apuntar a un origen coralino.
  
Y, al fin, Sudamérica.

Sudamérica
Secándonos los pies sobre la costa venezolana. Otro margen convergente
Tenía mucho interés en ver el lago Maracaibo. No en vano, es el mayor lago de sudamérica y su cuenca está intensamente explotada por los yacimientos petrolíferos existentes. Lamentablemente, su estado de conservación medio ambiental es pésimo, habiéndose deteriorado enormemente en tan sólo unas décadas. Se trata, además, de un lago geológicamente muy antiguo (para ser un lago) que ocupa una fosa tectónica que alcanzó una configuración similar a la actual en el Mioceno superior.

Lago Maracaibo
La costa oriental del lago Maracaibo
Finalmente nos encontramos con otro margen convergente: en el este de Sudamérica la placa de Nazca subduce bajo la placa sudamericana levantando en el proceso la inmensa cordillera de los Andes. Camino de Bogotá el avión sobrevuela las cordilleras orientales, una de las tres ramas que forman los Andes en Colombia. Como siempre ocurre, la vista desde las alturas empequeñece un poco el paisaje.

Cordillera oriental
Y los Andes...
Andes
...concretamente la cordillera oriental. Desde 10.000 m de altura el relieve parece menor de lo que es.
Pero una de las cosas más impresionantes es encontrarse, de repente y en medio del abrupto terreno de la cordillera, con el tremendo altiplano de la sabana de Bogotá, a 2.600 m de altura. La superficie actual de la sabana se generó por el relleno fluvial y lacustre de una depresión entre montañas que se han estado elevando desde el nivel del mar hasta su altura actual superior a 3.000 m.s.n.m., todo ello desde el Mioceno medio (hace unos 16 millones de años). Por suerte llegamos justo a tiempo de poder ver la sabana con luz diurna.

Bogotá
El tremendo altiplano de la sabana de Bogotá, a 2.600 m.s.n.m.
Ahora os contaré un secreto. Hace años fuimos a visitar a mi hermana a Inglaterra, que vivía en aquel entonces en Stafford, cerca de Birmingham. Debía ser el año 2002 y, aquel vuelo, mi segundo o tercero. La experiencia previa me había enseñado la dificultad de identificar desde el aire características geográficas no conocidas, incluso teniendo un mapa a mano. Así pues decidí que en ese mi primer gran vuelo no iba a perder ningún detalle e hice planes al respecto. Al más puro estilo de un navegante de bombardero aliado en la segunda guerra mundial subí al avión pertrechado de mapas de escala adecuada, regla, medidor de ángulos, cronómetro, calculadora y brújula. Hoy es posible disponer de todas esas herramientas en un único dispositivo, pero entonces no. Desde el despegue en Barajas y con la ayuda de la esforzada y resignada Geno tomamos cada marcación cuando el avión cambiaba de rumbo, mediamos el tiempo de cada tirada entre cambios y representábamos nuestra posición aproximada sobre el mapa. La velocidad del avión la estimamos por el tiempo que tardamos en llegar de Madrid a la costa Cantábrica. No quiero ni pensar qué pasó por la cabeza de los auxiliares de vuelo y resto de pasajeros ante semejante despliegue cartográfico de propósito desconocido (hoy probablemente me tomarían por un terrorista). A pesar de todas las imprecisiones, la distorsión de la proyección en un mapa de la escala que empleé y de ignorar la corrección por la declinación magnética, el vuelo fue bastante bien y tan sólo hube de realizar una corrección desplazando la trayectoria en el mapa paralelamente a sí misma sobre la Bretaña francesa, aprovechando un accidente geográfico muy característico. La línea nos dejó, finalmente, sobre Birmingham, lo que me llenó de satisfacción.

Esta historieta vino a mi mente cuando me encontré con el visor de navegación en el avión destino a Bogotá. No pude evitar sentir asombro por lo que hemos avanzado en poco más de una década y por lo que nos pueda esperar en un futuro próximo. A mi regreso busqué aquellos mapas con el trayecto a Birmingham sobre ellos, pues tenía el recuerdo de haberlos visto recientemente por casa, en algún cajón olvidado o, más probablemente, en el atlas del año 2000 del que saqué la cartografía. Pero la búsqueda no ha sido fructífera. Tan sólo os puedo mostrar la página de aquel atlas, un recuerdo de un tiempo en el que los mapas estaban impresos y no en una pantalla y aún no sabíamos lo que era Google Earth.
Atlas
Un objeto ya casi de museo: ¡un atlás!

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