domingo, 13 de octubre de 2013

Por la faja de Pelay hasta la Cola de Caballo. Geología en Ordesa y Monte Perdido (II)

Y por fin allí estábamos, en la entrada del valle de Ordesa. Los cientos de kilómetros recorridos para llegar hasta allí habían quedado atrás y el siguiente paso sería el primero hacia la cumbre de Monte Perdido. Nuestro plan era realizar la clásica ascensión en dos días: primero de la pradera al refugio de Góriz. Al día siguiente, de Góriz al Perdido.


Vista del valle desde el puente del río Arazas que da acceso al pie de la senda de los Cazadores

La primera visión del valle no puede ser más sobrecogedora. Uno se encuentra contemplando las paredes del valle, que se elevan 800 metros desde el fondo, y de repente se siente muy pequeño. Además, el hecho de llegar un viernes fuera de temporada alta nos permitió que la experiencia fuese más íntima. Más aún cuando la ruta elegida hacia Góriz fue la faja de Pelay. Es más habitual hacer el camino hasta la Cola de Caballo por la Pradera. De esta forma se evita el extenuante ascenso de 650 m en zig-zag hasta el mirador de Calcilarruego. Al elegir esta ruta apenas nos encontramos con gente, no solo en la Faja, sino también desde la Cola de Caballo hasta Góriz. Y, a pesar de que llegamos agotados y rozando el anochecer al refugio, agradecí enormemente nuestra elección cuando el domingo observé el tránsito de gente, en gran parte pobremente equipada, que ascendía por la pradera mientras nosotros retornábamos hacia Torla. Mi primera experiencia en Ordesa fue de contacto íntimo con la montaña y disfruté especialmente de la soledad en el camino.

Reproducción de un panel situado al inicio del camino. Si no conocéis el parque, os ayudará a situar los lugares de que se habla en el artículo
Sin embargo, pronto es evidente que el paisaje tiene mucho que contarnos. Desde el primer momento la geología sale a nuestro paso, en lo grande y en lo pequeño: desde el notorio rastro de los glaciares que esculpieron el valle hasta los pequeños foraminíferos que pronto encontramos por doquier. Así pues, hablemos de la geología del valle.

Cuando presento una historia de la magnitud de la que puede leerse en las rocas del Parque, siempre me debato entre dos posibles planteamientos. Por un lado, mostrar primero las evidencias de campo, aquello que puede verse a lo largo del itinerario. De esta forma se obtiene un relato ordenado conforme a la cronología de mi propia experiencia. Ello permite al lector reproducir mis pasos, aunque supone introducir discontinuidades en el relato geológico. La interpretación o recapitulación viene, necesariamente, después. La otra posibilidad consiste en seguir la cronología de los sucesos geológicos, lo que implica, en ocasiones, 'trocear' mi propia vivencia para ajustar el relato a la historia geológica, ya que raramente el camino seguido sigue una secuencia geocronológica ordenada de atrás adelante. Y este es el caso. El caminante que sigue el sendero que discurre por el fondo de la pradera va encontrando en su ascenso rocas cada vez más modernas. Esto es así porque el río Arazas, al excavar sobre el valle glaciar que le precedió en épocas más frías, ha ido exponiendo rocas más profundas y, por tanto, más antiguas. En mi caso no ocurrió así. Al ascender por la senda de los cazadores, que discurre hasta el mirador de Calzilarruego por un apilamiento de derrubios de la ladera que cubren las paredes, no tuve ocasión se apreciar esta secuencia. Las rocas que encontré estaban descontextualizadas, mezcladas con otras procedentes de otras cotas y, por tanto, sin relación entre ellas.

Finalmente he optado por una aproximación de compromiso entre ambos miembros extremos: en primer lugar, haremos una introducción a la geología del valle, que nos permitirá contextualizar el resto del relato. Posteriormente, relataré nuestro viaje conforme a nuestra propia cronología, manteniendo de esta forma su lógica y coherencia interna.

Lo cierto es que yo no tuve el tiempo que me hubiese gustado para preparar el viaje, de modo que apenas pude echar un vistazo a las hojas del mapa geológico de España MAGNA50 de Broto y Bujaruelo, que cubren el área del Parque, además de leer por encima la muy recomendable "Introducción al Mapa Geológico del Parque Nacional de Ordesa-Monte Perdido: Explicación para uso del visitante", obra de L.Mª Ríos-Aragües, que participó en la elaboración de las hojas del MAGNA indicadas anteriormente.

Haremos una breve introducción que posteriormente ilustraremos con las observaciones realizadas sobre el terreno. Empecemos por decir que en el recorrido desde la Pradera hasta la cima del Perdido es posible diferenciar dos tipos de paisaje: por un lado el propio valle, ejemplo de modelado glaciar excavado en forma de U en un potente paquete de sedimentos poco deformados (relativamente, como veremos) en los que se ha mantenido la secuencia histórica de deposición. Los materiales más antiguos están abajo cubiertos por otros más modernos (esto es una simplificación, como veremos). Por otra parte, por encima del circo de Soaso estos mismos materiales aparecen espectacularmente deformados por la tectónica, de forma que la secuencia temporal ya no se mantiene y encontramos una capa determinada repetida en varias ocasiones, cabalgando a materiales más modernos y siendo a su vez cabalgada por otros más antiguos: es el resultado de la colisión entre Iberia y Eurasia que levantó los Pirineos apilando unos materiales sobre otros. Finalizaremos esta introducción repasando la cronología: las rocas que veremos se formaron entre el Cretácico superior y el Eoceno, de forma aproximada entre hace 100 Ma y unos 50 Ma. La deformación a causa de la colisión continental abarcó en la zona desde hace unos 55 Ma hasta unos 25 Ma. A continuación un extracto de la columna cronoestratigráfica nos ayudará a situarnos.

Columna cronoestratigráfica Ordesa. Fuente: IGME - MAGNA50. Hoja 178 Broto

Un par de imágenes para ilustrar esto. Echemos un vistazo a mapa geológico del valle. La disposición es tal que conforme lo recorremos de izquierda a derecha encontramos rocas más modernas (en el plano, el verde es el Cretácico mientras que el anaranjado es el Terciario como se indica en la columna de más arriba). La disposición subhorizontal de las capas hace que una vez cartografiadas las bandas de color aparezcan paralelas a las curvas de nivel.

Mapa geológico del valle de Ordesa. La entrada al valle se encuentra a la izquierda mientras que la Cola de Caballo está en el extremo derecho. Fuente: IGME - MAGNA50. Hoja 178 Broto
Sin embargo, más allá de la primera impresión, la sección (ver imagen a continuación) nos muestra que la tectónica tiene un efecto de gran alcance que afecta a la región en profundidad. En efecto, los estratos de la secuencia que aparece en las paredes del valle a su vez ha cabalgado sobre sí misma, de forma que todo el paquete (de cientos de metros de espesor) en realidad yace sobre sí mismo repitiendo la serie (esto también puede leerse en el mapa anterior, en el cual se ha cartografiado el Cretácico cabalgando sobre el Terciario).


 Sección del valle de Ordesa. Fuente: IGME - MAGNA50. Hoja 178 Broto
Y basta de mapas, por ahora. ¿Cómo se ve todo esto sobre el terreno? Desde el centro de visitantes de Torla es posible observar el producto de la tectónica en la forma de un llamativo pliegue recumbente que afecta a materiales terciarios. También vemos el plano del cabalgamiento de los materiales cretácicos sobre el terciario (lo he marcado con una flecha en la segunda fotografía). ¿Imagináis la fuerza necesaria para plegar la roca y apilar las distintas capas de semejante manera?

La entrada del valle desde Torla. Sobre el caserío, en el centro de la imagen, un espectacular pliegue en materiales del Terciario
El cabalgamiento indicado en el texto, visto desde Torla. El contacto se realiza en el techo del nivel rocoso de color claro indicado por la flecha. Los centenares de metros de roca situados por encima de la flecha están desplazados de su posición original y yacen sobre otros de su misma edad, que originalmente estaban junto a ellos

Transitar por estos lugares, especialmente si se tiene la ocasión de hacerlo cuando no hay mucha gente, transmite una gran sensación de paz y tranquilidad. El tiempo parece fluir lentamente (salvo cuando te das cuenta de que has de apretar el paso si quieres llegar al Refugio antes del anochecer). Sin embargo, hay una interesante contradicción, ya que las rocas nos cuentan una historia terriblemente violenta. La verdadera quietud se acabó en este lugar tan pronto como Iberia y Eurasia entraron en rumbo de colisión. Pero antes de eso sí hubo un gran periodo de relativa calma, que se extendió durante decenas de millones de años. El final de aquellos tiempos está registrado en las paredes del valle desde el Cretácico superior, en particular el Santoniense (hace, aproximadamente, unos 80 Ma) Fue un tiempo en el cual, bajo las aguas de un mar somero y cálido que separaba Iberia de Europa, se depositaron enormes espesores de sedimentos. Esta historia ya nos es conocida, pues en parte es común con la observable en Cortes de Pallás y hemos hablado mucho de ella. Esta calma se prolongó durante el inicio Terciario, y para el Eoceno (hace 56 m.a.) ya se había acabado. Fijaos que, como se ha dicho, el Cretácico cabalga materiales eocenos, lo que permite dar una estimación de la edad de ese suceso (pues los materiales cabalgados ya estaban allí cuando se produjo el evento). Esos sedimentos constituyen las calizas, dolomías y margas del valle.  Es útil que nos suenen los nombres de esas unidades, ya que haremos referencia a ellas durante el resto del relato. En sucesión de más antiguo a más moderno aparecen (siguiendo la denominación propuesta por L.Mª. Ríos en su Introducción):
  • Calizas con Hippurites de las cascadas de Ordesa (C24-25 en la hoja de Broto)
  • Areniscas de Marboré
  • Dolomías tableadas
  • Caliza masiva de pátina blanca. Alveolinas
  • Caliza de las cornisas altas de las paredes de Ordesa
  • Margo-calizas de Lafortunada

Y ahora, una vez debidamente presentados, podemos iniciar el camino.

Indicación al inicio de la senda de los Cazadores
Como ya dije, el ascenso por la senda hasta el mirador de Calzilarruego consiste en un zig zag extenuante que salva más de 600 m de desnivel sin apenas desplazamiento horizontal, de modo que al llegar al mirador uno se encuentra justo sobre el punto en el que inició el ascenso. El mirador se encuentra sobre un puntal rocoso constituido por las Areniscas de Marboré que destaca de forma prominente. La amplitud del paisaje es tal que es difícil juzgar las distancias, especialmente en la vertical.

El mirador de Calzilarruego desde la Pradera
La senda no permite apenas la observación de detalles, ya que busca las zonas más tendidas causadas por acumulación de derrubios de la ladera para salvar los cantiles rocosos. Sin embargo, entre los bloques del camino pueden encontrarse cosas interesantes. Lamentablemente, y en palabras de Manolo, "el tiempo que dedico a la observación de la geología es inversamente proporcional al cansancio", por lo que tomé pocas fotografías del ascenso. Entre ellas, el siguiente bloque que muestra dos niveles cuajados de foraminíferos, que no me entretuve a estudiar. Para remate, la imagen no tiene la calidad suficiente para analizarla posteriori, por lo que nos quedamos con que son foraminíferos sin más. Notad la abundancia de estos animales unicelulares en el pasado, de forma tal que sus caparazones se acumularon a lo largo de cientos de metros de sedimento.

Acumulación de foraminíferos en un bloque
Una vez arriba, mientras recuperamos el aliento, disfrutamos de unas impresionantes vistas del valle en el que nos encontrábamos hace menos de dos horas. Si miramos hacia el Este vemos, sobre el aparcamiento de la Pradera, el cabalgamiento mencionado en la introducción a la geología del valle. En la siguiente imagen lo he marcado con una flecha.

La flecha señala las calizas terciarias cabalgadas por el Cretácico bajo Mondarruego. La franja gris señalada es más joven que las rocas suprayacentes. Fotografía de Manuel Benet
Desde este mirador tomé una espectacular panorámica en la que se distingue el aparcamiento (abajo, junto al pretil del mirador), el circo de Cotatuero, Mondarruego, Gallinera y la punta Tobacor.

Panorámica desde Calzilarruego
Desde aquí comenzamos la travesía de la Faja de Pelay. El sendero llanea e incluso desciende en su mayor parte, por lo que el único obstáculo para el disfrute es el peso que cargamos. Si miramos hacia el Oeste, hacia el fondo del valle, podemos apreciar la superposición de las unidades descritas anteriormente. También vemos el valle excavado por el Arazas, que en este punto es claramente fluvial. En la imagen es posible observar las cascadas que forma el río a atravesar la unidad "Calizas con hippurites de las cascadas de Ordesa" (Fm. Cañones).

El valle desde la Faja de Pelay. Es interesante apreciar la potencia de las Areniscas de Marboré. A la derecha, la sierra de las Cutas
Otra vista impresionante, el circo de Cotatuero y la cascada que recorre el fondo del barranco.

El circo de Cotatuero. Al fondo a la izquierda, sobre el horizonte, destaca la cumbre del Taillón
Y como no, la Brecha de Rolando:

La Brecha de Rolando, entre nubes
La senda sigue la faja de Pelay, que no es más que un nivel más arenoso de las Areniscas de Marboré (que en realidad son unas calizas arenosas). Lo deleznable de este nivel permite el trazado del sendero.

Afloramiento de niveles calizos en la Faja de Pelay
Las Areniscas de Marboré contienen también foraminíferos, como éstos:

Muestra de mano con abundantes foraminíferos de las Areniscas de Marboré

Nuestra ruta nos ha impedido estudiar las Calizas con Hippurites y las Areniscas de Marboré, que tendremos ocasión de analizar en nuestro viaje de regreso por la Pradera. De hecho, hasta la Cola de Caballo nos hemos de conformar con ver los bloques caídos de las formaciones que ocupan los niveles superiores.

Río de bloques que atraviesa las Areniscas de Marboré (fijaos en su color amarillento característico en la esquina superior derecha). El gran bloque en primer término procede de las Calizas de la paredes altas de Ordesa, y muestra su característicos niveles de microconglomerados y areniscas cuarcíticas con estratificación cruzada intercalados entre niveles calcáreos
También nos encontramos con algunos habitantes del valle. Un rebaño de cinco o seis rebecos, creo...Ascendían por la ladera y cruzaron la senda justo delante de nosotros. Nos observamos mutuamente durante algunos minutos, lo que nos dio tiempo a fotografiarlos e, incluso, grabar algún vídeo. Luego continuaron su camino. Y nosotros el nuestro.

Un habitante del valle
También encontramos bloques con unos característicos nódulos silíceos, que nuevamente pertenecen a las Calizas de las paredes altas de Ordesa. Tendremos ocasión de analizarlos en detalle junto al refugio de Góriz.

Bloque calizo con nódulos de sílex

Nos queda poco para llegar hasta la Cola de Caballo. Una mirada hacia adelante nos permite apreciar el carácter del valle. El fondo plano y las paredes en forma de U revelan que fue excavado por un glaciar ya desaparecido. Por el fondo discurre el río Arazas, que forma unas interesantes cascaditas conocidas como Gradas de Soaso a causa de su carácter escalonado. Las veremos en nuestro viaje de regreso.


El circo de Soaso desde la Senda de los Cazadores a la altura de las Gradas de Soaso, visibles en la parte inferior de la imagen, entre los árboles. A la izquierda del río discurre la senda de la pradera
Las Areniscas de Marboré, que antes estaban a gran altura sobre el fondo del valle, ahora quedan a no más de un centenar de metros. Cuando ya casi hemos descendido hasta abajo volvemos a encontrarnos con un habitante del valle de gran tamaño (comparado con el resto de animales que hemos visto, salvo los rebecos). Parece tratarse de una marmota, que resulta ser bastante esquiva. Aún así, pudimos fotografiarla.

Una marmota en Soaso. Fotografía de Manuel Benet
Y sin pausa, bastante preocupados por la hora y las incipientes nubes que amenazaban con adelantar la anochecida, iniciamos el ascenso hacia Góriz. La visita a la Cola de Caballo queda para el regreso y no nos queda sino tomar alguna fotografía desde aquí.

La Cola de Caballo desde el ascenso a Góriz por el sendero. Otro lugar interesantísimo que queda para el regreso
Mientras ascendemos superamos las Areniscas de Marboré y nos encontramos con las Dolomías tableadas suprayacentes, ya Cenozoicas. Pero esto queda para el próximo capítulo de la serie, en la que analizaremos el recorrido desde la Cola de Caballo hasta el refugio de Góriz.

Hasta este momento hemos atravesado materiales cretácicos, de origen marino somero (como adelantamos en la introducción). Sin embargo, el trazado y las urgencias no nos han permitido detenernos a examinar la geología en detalle. Las calizas con hippurites y las Areniscas de Marboré quedan para el regreso.


El autor en el sendero hacia Góriz desde la Cola de Caballo. Fotografía de Manuel Benet
[Esta es la segunda entrega de la serie acerca de la geología de Ordesa y Monte Perdido. Continúa aquí con la tercera entrega]

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domingo, 29 de septiembre de 2013

La vida es un viaje, no un destino: Geología en Ordesa y Monte Perdido (I)

Ciertamente este mes ha sido bastante ajetreado. A las dificultades para encontrar el tiempo necesario para escribir se ha sumado el hecho de haber pasado bastante tiempo fuera de casa. Sin embargo, he aprovechado ese tiempo para visitar lugares y vivir aventuras geológicas que iré relatando en los próximos artículos. Y nada mejor que comenzar con el ansiado viaje a Pirineos con el objetivo de ascender a Monte Perdido.

El Parque Nacional de Ordesa y M.P. es un paraíso geológico que abruma tanto por la amplitud del paisaje como por la historia recogida en las rocas y formaciones aflorantes. Y el esfuerzo necesario para visitarlo se ve ciertamente recompensado con creces.

Pero como dice una famosa cita, de la que existen numerosas versiones (aunque yo siempre recuerdo la letra de Amazing, una canción de Aerosmith): Life is a journey, not a destination. Y es imposible sustraerse a la emoción trasmitida por la variedad de lugares, paisajes y fragmentos de la historia geológica de Iberia que se atraviesan hasta llegar a Torla. Especialmente si uno tiene la suerte de viajar de copiloto todo el viaje y puede dejar la mirada libre a la contemplación y la mente a la reflexión (gracias, sobre todo, a Manolo Benet, mi compañero de viaje e infatigable conductor).

Así pues, este artículo constituirá un compendio ordenado en el tiempo de aquellas visiones que llamaron mi atención durante el trayecto entre Valencia y el Parque Nacional, a modo de preludio de lo que nos estaba esperando. Las fotografías que ilustran este artículo han sido tomadas de Google Earth, ya que es bastante difícil tomar fotografías de calidad desde un vehículo y la herramienta Street View nos simplifica la labor.

Nuestra ruta siguió de principio a fin la autovía A-23 (autovía Mudéjar). Tras abandonar la llanura aluvial sobre la que se asienta Valencia y su área metropolitana giramos en dirección noroeste aprovechando el corredor entre la Sierra Calderona y la Sierra de Espadán. En aventuras anteriores ya hemos recorrido la primera de ellas. En estas montañas aflora magníficamente el triásico, especialmente el inferior (Bundsanstein) y el medio (Muschelkalk): una época en la que ríos transportaban grandes cantidades de materiales procedentes procedentes del desmantelamiento de los relieves variscos y los depositaban en enormes llanuras junto al océano conocido como Panthalasa y que ahora son las areniscas y limos rojizos que vemos al pasar. Posteriormente, un ascenso relativo del mar favoreció el establecimiento de una plataforma carbonatada en la que se depositaron las calizas y dolomías del Musch, las rocas de pátina anaranjada que se superponen a los niveles rojizos del Bundt. En tránsito entre estas unidades puede verse en un talud a la derecha (en sentido Teruel) antes de llegar a la salida de Albalat y Estivella:

Tránsito entre el Bundsanstein (Fm. Marines, versicolor, a la derecha) y el Muschelkalk (arriba a la izquierda)
Continuamos nuestro camino y, eventualmente, nos encontramos entre terrenos de edad Jurásica. Una unidad especialmente bien expuesta y reconocible es la Fm. Ritmita de Loriguilla: alternancia de calizas y margas depositadas en un ambiente marino profundo durante el Kimmeridgense (Jurásico Superior). 

La ritmita calcárea de Loriguilla desde el viaducto de Albentosa.
Al llegar a Teruel encontramos algunos parches correspondientes al Triásico superior (Keuper), un momento en el que se desarrollaron marismas y salinas costeras de gran extensión en toda Europa. Una de sus características propias es la abundancia de yesos.

El Keuper desde el viaducto del ingeniero Quinto Pierres
Un poco más adelante, a la altura de la salida hacia Alcañiz, nos encontramos con parte del relleno neógeno de la cuenca de Teruel-Alfambra. El carácter detrítico - evaporítico de los materiales es bien patente en la siguiente imagen, con los yesos blancos coronando el escarpe.

Yesos neógenos a la altura de Teruel

Tras pasar Teruel la autovía se dirige hacia el norte aprovechando el corredor ofrecido por la fosa tectónica responsable de la existencia de la cuenca anterior. Se trata de una depresión en la que los materiales jurásicos que la flanquean forman los bloques levantados mientras que el bloque hundido genera con su subsidiencia (hundimiento) el espacio para la acumulación del relleno. En la siguiente imagen puede observarse como, al igual que en otras cuencas terciarias, prácticamente se llegó a su colmatación.

Vista de la fosa de Teruel - Alfambra mirando hacia su límite Este a la altura de Santa Eulalia. Al fondo, el bloque levantado constituido por los materiales jurásicos de la sierra Palomera
Continuamos nuestro camino y alcanzamos el límite septentrional de la fosa. Al pasar junto a Villarreal de Huerva vemos a nuestra derecha los materiales más antiguos que tendremos ocasión de contemplar en nuestro viaje: un afloramiento del Cámbrico inferior, pizarras y cuarcitas depositadas en el mar hace más de 500 millones de años, en los albores de la vida pluricelular.

Materiales del Cámbrico inferior a la altura de Villarreal de Huerva
Estamos atravesando el basamento de la Cordillera Ibérica. Tras pasar el viaducto de Paniza, en los taludes apreciamos más cuarcitas y pizarras, en esta ocasión del Ordovícico. Son un vestigio de océanos desaparecidos hace mucho tiempo, cuando hasta el supercontinente de Pangea estaba todavía en un futuro distante decenas de millones de años.

Pizarras y cuarcitas a la altura del viaducto de la Paniza
Desde aquí comenzamos a atravesar la cuenca del Ebro. Nuevamente los taludes muestran una combinación de arenas, gravas y conglomerados mientras nos acercamos a ese gran río. Sin duda, una visión impresionante cuando alguien viene de una región como la  mía. No me canso de verlo.


Gravas en los taludes de la Z-40, circunvalación de Zaragoza

El río Ebro a su paso por Zaragoza desde el viaducto de la A-23
Atravesamos otro gran río, Gállego, y al seguir hacia el norte advertimos las etapas finales de relleno de la cuenca, evidenciadas por los yesos y margas yesíferas. Un gran ejemplo al pasar por la localidad de Zuera.

Yesos masivos en un desmonte a la altura de Zuera
Tras decenas de kilómetros de llanura pasamos Huesca y, por fin, vemos alzarse las montañas ante nosotros. Durante un buen rato nos dirigimos hacia ellas viendo como se agiganta su silueta. Se trata de los relieves cretácicos de la sierra de Guara, deformados por la colisión entre Iberia y Eurasia que comenzó a principios del Paleógeno. El Pirineo está cerca.

Por fin las montañas. La sierra de Guara al frente
Atravesamos la sierra de Guara. El paisaje cambia por completo. De la estepa previa a la sierra al clima y vegetación propios de una zona montañosa. Y tras subir al puerto de Monrepós, ahí están: los Pirineos ante nosotros. Qué tremenda visión de la zona axial con sus cumbres nevadas.

La zona axial pirenaica desde el puerto de Monrepós
Nos queda poco para llegar a nuestro destino. Tras pasar Sabiñánigo cogemos el desvío hacia el Parque de Ordesa y, finalmente...

El valle de Ordesa desde el centro de visitantes situado en Torla. Esta fotografía es la única de este artículo que no he extraído de Google Earth...
La visión del valle desde Torla es espectacular. Al fin estamos allí y sólo nos queda organizar las mochilas y comenzar el ascenso. El viaje ha sido largo, pero nos ha dado la oportunidad de admirar una buena parte de la riqueza geológica de nuestro país.

En el próximo artículo comenzaremos a explorar la geología del parque y de esa gran montaña que es el Perdido.

Nota: todas las imágenes de este artículo, salvo la última, proceden de Google Earth y su herramienta Street view.

[Esta es la primera entrega de la serie acerca de la geología de Ordesa y Monte Perdido. Continúa aquí con la segunda entrega]

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miércoles, 4 de septiembre de 2013

Las salinas de San Javier (Cofrentes). Vestigios de tiempos pasados (y tan pasados)

Entre los seres humanos es muy común sentir fascinación por aquellos lugares ocupados en un tiempo por otras personas y que ahora están abandonados. No es necesario que se trate de excavaciones arqueológicas en emplazamientos de un pasado remoto. Quizá este efecto es más patente cuanto más próximo en el tiempo se encuentre el momento de la partida definitiva de los antiguos ocupantes, probablemente porque sentimos más facilidad de empatizar con personas a las que atribuimos una afinidad más difícil de experimentar con gente cuyas motivaciones (para ocupar un lugar y abandonarlo posteriormente) nos son casi incomprensibles. La sensación de fascinación es aún mayor si es posible visitar el lugar en solitario, sin las aglomeraciones propias de los centros turísticos. Y si además existe un factor geológico, tanto mejor.

En esta ocasión comparto con vosotros una visita que he realizado este verano a las salinas de San Javier, en Cofrentes. Lo primero es decir que no están acondicionadas para la visita y el camino que conduce a ellas no está señalizado. La ruta marcada por el ayuntamiento simplemente conduce hasta un mirador desde el que no es posible acceder al lugar. Pero si por una de aquellas pensáis visitar esta instalación os indicaré con gusto la forma de llegar. 

El itinerario señalizado parte de las inmediaciones del puente del antiguo ramal de la N-330 que cruza Cofrentes (en la actualidad un nuevo viaducto ha completado la circunvalación que ha desviado el tráfico fuera de la población. Aquellos que conozcan esta travesía sabrán también de multitud de vehículos atascados en una de sus curvas, incapaces de avanzar ni retroceder). El caso es que desde el área recreativa del Campo del Cura parte una pista asfaltada con una indicación de 'Salinas'. Si la seguimos, eventualmente disfrutaremos de la siguiente vista panorámica.



Vista panorámica de las Salinas de San Javier desde el mirador
 En la fotografía panorámica se aprecian las distintas balsas de decantación y evaporación en las que se llevaba a cabo el proceso de obtención de la sal, además de algunas construcciones auxiliares. La explotación se encuentra en el fondo del barranco del Tollo, que fue desviado por el perímetro para acomodar la obra. Todas las estructuras se encuentran a una cota elevada para protegerlas de avenidas. En el centro izquierda de la imagen vemos unas manchas blanquecinas sobre el cauce. Un panel situado al efecto (modesta pero feliz iniciativa en el triste contexto actual de desconocimiento de nuestro patrimonio geológico) nos informa de que estas salinas estuvieron en explotación hasta los años 90 y ahora están abandonadas.


Panel informativo en el mirador. Click para ampliar

A pesar de verlas tan cerca no nos es posible descender desde este punto. Para bajar hay que dar un buen rodeo retomando la carretera nacional hasta encontrar el antiguo camino de acceso a la explotación. En general se encuentran en buen estado casi hasta el final, en las inmediaciones de la salina. El tramo final, de abrupto descenso, está muy acarcavado y decidimos dejar el coche y bajar a pie. Desde aquí disfrutamos de una perspectiva distinta.


Otra vista general de las salinas. La panorámica anterior se tomó justo desde enfrente, donde se intuye la pista asfaltada que discurre justo al pie de la alineación de pinos
La tarde se nos va y hemos de darnos prisa. Las balsas de evaporación están pavimentadas con losas y las arcillas que rellenan el fondo presentan grietas de retracción y, en algunos puntos, algo de sal.


Detalle de una de las balsas de evaporación. Fijaos en las losas que pavimentan el fondo y en lo abrupto de las paredes del barranco que se ven al fondo
La joven ayudante de campo Inés realiza una cata de la halita que tapiza alguna losa
El murete de las balsas está formado por lo que parecen calizas o dolomías en las que, si nos fijamos, encontramos indicios de un origen lacustre. Como por ejemplo, moldes de tallos de plantas. con bastante probabilidad provienen del relleno Mioceno de las cuencas que flanquean el diapiro.


Moldes de tallos de plantas

Otro bloque de caliza lacustre (o, mejor dicho, palustre)
Las balsas no nos proveen de ejemplos satisfactorios de cristales de halita. Pero recordemos los parches blanquecinos que avistamos en el cauce. 


El cauce del barranco del Tollo está tapizado de  halita
Efectivamente. En el cauce encontramos lo que estamos buscando. Si bien no encontré ningún cristal idimorfo de halita, sí podemos ver unos curiosos agregados.


Los agregados cristalinos de halita adquieren un curioso hábito al crecer desde el cauce
Bueno. Hemos conseguido el objetivo. Hemos encontrado el lugar. Hemos llegado a él y, tras recorrerlo, hemos encontrado la sal. El lugar tiene un indudable atractivo histórico y natural.

Ahora bien, Cofrentes está bastante lejos del mar. ¿De dónde sale la sal? Pues procede de una formación geológica conocida como Arcillas yesíferas de Quesa, que en este caso podéis ver en las paredes grises y rojizas excavadas por el barranco donde se encuentran las salinas. Esta formación no posee sal (halita, en particular) cuando aflora en superficie, ya que el agua de escorrentía disuelve ésta con facilidad. En cambio sí posee grandes cantidades de halita en el subsuelo, razón por la cual es posible extraer mediante bombeo el agua subterránea que ha estado en contacto con ella para, una vez decantadas las partículas en suspensión (arcilla, arena, etc.) proceder a la evaporación y cristalización de la sal. Los colores abigarrados ya nos son familiares: se trata del Keuper, que aflora de forma espectacular entre Cortes de Pallás, Cofrentes y el valle de Ayora en general (véase el artículo sobre el Keuper en Cortes de Pallás). El Keuper consta de 5 unidades denominadas secuencialmente K1, K2, K3, K4 y K5. De ellas, tres están definidas en las inmediaciones de Cofrentes: la formación Arcillas y yesos de Jarafuel (K1), la formación Arcillas de Cofrentes (K3) y la formación Yesos de Ayora (K5). La Fm. Quesa es la K4. Tanto la Fm. Quesa como la Fm. Cofrentes, especialmente esta última, están formadas por materiales deleznables lo que motiva que el agua de escorrentía excave en las mismas profundos barrancos (como es el caso del Tollo).



La formación Quesa se depositó en el Triásico superior, hace más de 200 millones de años. En aquel entonces toda la zona Este de lo que ahora es Iberia (y, en realidad, grandes extensiones de Europa) constituían unas gigantescas salinas naturales en las cuales el agua del mar se evaporaba depositando inmensas cantidades de halita, yeso y otras sales. Medios sedimentarios similares pueden encontrarse hoy en día en la costa arábiga del Mar Rojo. No deja de ser curioso pensar en el largo viaje de la sal extraída en esta explotación partiendo de su origen en el antiguo mar conocido como Paleothetys. 


Recostrucción paleogeográfica correspondiente al Keuper. El círculo señala la ubicación aproximada de Iberia, en la orilla del Paleothetys. Fuente: Ron Blakey - http://cpgeosystems.com/
Así pues, en este lugar no sólo es posible experimentar el encanto de un sitio donde seres humanos estuvieron trabajando a diario hasta hace un par de décadas. También podemos reflexionar acerca de la curiosa historia de un mar desaparecido hace millones de años y que nos dejó como recuerdo la sal que hemos encontrado en el barranco.


Cobertizo abandonado
Podéis leer más sobre la geología de Cofrentes visitando el volcán del cerro Agrás, en este mismo blog.

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lunes, 2 de septiembre de 2013

Dos años de Aventuras geológicas

Bueno, bueno. Se acabaron las vacaciones y Aventuras geológicas está de vuelta. Lamentablemente, una montaña de trabajo me impidió anunciar el parón habitual del mes de agosto de la forma habitual, omisión que espero que sepáis disculpar.

El caso es que, entre tanto, este geoblog ha cumplido dos años. Cuando comencé a escribir no tenía ningún objetivo más que compartir mis propias experiencias. El caso es que cuando veo que ya son 72 las entradas publicadas no puedo por menos que dar las gracias a todos los lectores que, de forma habitual o esporádica, participan de estas historias. Ciertamente nunca pensé que con el tiempo Aventuras geológicas reuniese el buen puñado de seguidores que tiene: una vez más, gracias.

Entre tanto, el blog ha adquirido entidad propia y cada vez se hace más exigente. Ciertamente en los últimos tiempos mantener el ritmo de publicación (que trato de sostener en 3 al mes) se está haciendo más difícil, en parte por causas laborales y, en parte, por la llegada del joven ayudante de campo Óscar. Sin embargo, lo peor de no mantener el ritmo es la cantidad de aventuras que se van al limbo, sin oportunidad de ver la luz. Prometo que intentaré que no ocurra muy a menudo en la próxima temporada. 


La sierra de Martés, en primer término. La muela de Albéitar al fondo.

Por último y a modo de avance os adelanto que durante el mes de agosto he estado ahí fuera, reuniendo material que espero que os resulte de interés: repasaremos la era terciaria tal y como quedó registrada en Cortes de Pallás, ascenderemos a la Sierra de Martés y visitaremos algunos lugares interesantes en la comarca del Valle de Ayora. Cómo no, tendremos algo de geología urbana. Y, si tengo éxito el próximo fin de semana, ascenderemos al Monte Perdido.

Bienvenidos de nuevo a Aventuras geológicas, amigos.


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viernes, 19 de julio de 2013

De letras y genes. Un pequeño divertimento veraniego

A veces un pequeño detalle, aparentemente sin importancia, despierta en nosotros el recuerdo de alguna noción de mucha mayor trascendencia. Es interesante descubrir como una pequeña broma puede servir para ilustrar un concepto del mayor interés, sin perder la gracia de una ni la profundidad del otro.

Hace una semana, mientras caminaba por la calle cerca del trabajo, reparé en un cartel pegado en el escaparate de una frutería. Como suele ser habitual, anunciaba los precios de ciertos productos. En este caso, el anuncio contenía un par de errores ortográficos, lo que llamó mi atención. Este tipo de cosas es bastante habitual, por desgracia, hoy en día, cuando es frecuente descubrir errores ortográficos en correos escritos por titulados universitarios. En este caso, sin embargo, existe una justificación: el propietario de la frutería es paquistaní (algo nada sorprendente en Valencia). 

El caso es que los errores de los carteles me hicieron reflexionar sobre ciertos conceptos y, cuando volví a pasar unos días después, lo fotografié. Sin más dilación, aquí está el cartel:

Dos carteles fijados sobre el escaparate
Es mejor que tratemos la imagen para leer mejor:

Los carteles y sus erratas
Ahora lo vemos: en lugar de 'TOMATE PERA' se lee 'TOMATE PEARA' y en lugar de 'TOMATE ENSALADA' está escrito 'TOMATE ENSLADA'. 

¿Y dónde está la gracia? Pues en que ambos errores están relacionados: la A que falta en ENSLADA ha saltado al otro cartel y se ha insertado en medio de la palabra PERA, resultando PEARA (casi como si hubiesen compuesto las palabras con fichas del Scrable).

Sin embargo, no es así como ocurrió el error. Dado el escaso conocimiento de castellano del propietario podemos suponer que cuando elaboró el rótulo muy probablemente estaba copiando las palabras de algún escrito en su poder (una factura, un albarán o, según creo yo, de una versión anterior del cartel con un precio diferente). Así pues, nos encontramos ante un error de copia. Y dado el mecanismo que lo ha originado, es muy posible que este error se prolongue en el tiempo, conforme se elaboren nuevos carteles para reflejar subidas o bajadas de precio en estos productos. Llevemos más allá estas ideas. Dado que el factor que provoca el error (el desconocimiento de la lengua del artífice del cartel) es invariante, es posible que se produzcan nuevos errores, que se acumularán a los existentes. ¿Hasta cuando continuará este proceso? En ausencia de mecanismos de detección y corrección de errores, es posible que lo haga hasta que la acumulación de fallos sea tal que resulte imposible identificar el producto, momento en que el cartel dejará de prestar su crítica función y, al resultar perjudicial para su propietario, será eliminado y sustituido por una versión correcta, que a su vez será el origen de un nuevo linaje de rótulos.

El paralelismo con el mecanismo de copia del ADN no habrá pasado inadvertido para el lector. Esta idea fue la que llamó mi atención como un concepto profundo oculto en algo aparentemente trivial. Y lo podemos llevar más lejos. El hecho de que estos carteles hayan sobrevivido en el escaparate puede deberse a dos factores, que en realidad representan el mismo hecho:
  • Que nadie repara en los carteles y, por tanto, no influyen en la decisión de compra
O, más probablemente:
  • Que los errores no impiden en el estado actual identificar el producto anunciado

En ambos casos, el fallo es invisible para la selección natural que imponen los compradores sobre los vendedores de fruta, razón por la que no existe una presión que conduzca a su eliminación. Esto constituye otro interesante paralelismo con la realidad.

Pero podría haber sido peor. ¿Qué habría ocurrido si el error se hubiese producido en otro punto de la cadena de caracteres que codifican el producto y su precio? Por ejemplo, ¿que pasaría si el fallo afectase a los dígitos que marcan el importe por kg? En este caso el cartel habría tenido una vida muy corta, ya que tanto si el precio resultase exagerado por lo alto como por lo bajo el frutero no habría dejado de notar su expresión en el incremento o desplome de la demanda del producto. Tanto uno como el otro suponen un perjuicio económico que penaliza al propietario del escaparate.

Y un poco más: podríamos pensar que existe una evolución en dos niveles. Por una parte, entre carteles erróneos y carteles correctos, de forma que unos sustituyen a los otros. Por otra parte entre fruteros, de forma que poseer mecanismos de detección y reparación de errores en los anuncios supone una ventaja competitiva que permite disfrutar de un éxito diferencial frente a otros fruteros. Yo mismo he presenciado esta semana una discusión entre el propietario y una clienta de cierta edad a causa de una confusión en el etiquetado de un precio. Y un contexto de crisis como el actual, la presión de la selección es enorme...

Sin ánimo de extenderme más, sólo destacaré un paralelismo adicional: en la naturaleza existe un fallo asociado a la cadena de ADN consistente en que ciertas secuencias de nucleótidos son capaces de saltar de un punto a otro de la hélice. Se conocen como trasposones y pueden ser neutros o fatales para el desgraciado poseedor de la cadena afectada, según si la inserción se produce en un punto en el cual altere la codificación de una proteína, haciendo imposible su síntesis. Es inevitable pensar que en este caso la letra A saltarina es un ejemplo de transposón que ha saltado de una palabra a otra. Sólo el tiempo dirá si resulta visible o invisible a la selección natural de los rótulos.

Por último, y aparte de la broma, es útil pensar en el por qué de esta curiosa cadena de paralelismos. Y la razón está en que en ambos casos nos encontramos ante sistemas que se reproducen a base de copias del original, en los cuales existe un sistema de codificación en el cual los errores en el código tienen consecuencias para el organismo responsable de la copia.

Y sin más os dejo, esperando que disculpéis esta pequeña broma y que os haya servido, como a mí, para recordar algunos conceptos esenciales para nuestra propia existencia.


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lunes, 1 de julio de 2013

IV edición del Carnaval de geología: He sido la Muerte

Este post participa en la IV Edición del Carnaval Geológico alojado por K.F. Gödel en el blog Ciencia y Lógica suficientes.




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"He sido la Muerte, el Destructor de mundos". Esta cita, procedente de un Veda hindú probablemente anterior al año 1.000 antes de Cristo, se atribuye al físico de origen alemán Robert Oppenheimer tras el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima y comprobar sus resultados. Oppenheimer trabajó en el proyecto Manhattan durante la segunda guerra mundial y quedó impresionado por la capacidad de alterar para siempre la Tierra que representaba la energía atómica.

Pero no es el único. Existe un ser que ha alterado para siempre la faz de la Tierra. Su descubrimiento de formas de obtener energía mediante procesos químicos desconocidos hasta el momento ha vertido gases venenosos en la atmósfera convirtiéndola en un infierno para el resto. Ha alterado la composición de la corteza terrestre y ha obligado a todos los que no podían convivir con él a buscar refugio en lugares remotos e inaccesibles. Ha modificado de tal forma la Tierra que puede decirse sin lugar a equivocarse que hay un antes y un después a su aparición. Estamos hablando, naturalmente, de...las cianobacterias.

Efectivamente, en este mundo de bacterias (ha sido exclusivamente de ellas durante la mayor parte de la historia y sigue siéndolo sea cual sea el criterio que se emplee para evaluarlo) la aparición de las cianobacterias constituyó un hito para la Vida. Antes de ella la atmósfera tenía una composición muy distinta a la actual, extremadamente venenosa para seres como nosotros y la mayoría de las formas de vida macroscópica (pero no para las bacterias que poblaban entonces el mundo). Las cianobacterias fueron las primeras en descubrir un nuevo ciclo metabólico, la fotosíntesis oxigénica, que liberó al mar y la atmósfera ingentes cantidades de oxígeno, gas que es imprescindible para nosotros, pero un veneno terrible en aquel momento para todo lo que no fuese una cianobacteria. Este oxígeno limpió la atmósfera de gases venenosos (para nosotros) e hizo la Tierra como nosotros la conocemos (incluso el color del cielo, tan característico de nuestro planeta). El resto de organismos tuvo que buscar refugio lejos del oxígeno. Algunos de ellos sobreviven hasta hoy como extremófilos en ambientes irresistibles para otras formas de vida, en aguas a gran temperatura o en lugares como las fumarolas de las dorsales oceánicas, como base para cadenas tróficas totalmente independientes de la luz del Sol, formando comunidades que posiblemente no han cambiado nada desde hace mucho tiempo y que se desarrollan de espaldas a lo que ocurre en la superficie, a cuatro o cinco kilómetros por encima de ellas.

Aquí vemos al ser responsable de la mayor alteración del medio ambiente en
 la  historia de la Tierra
He querido hacer este pequeño juego porque me resulta curioso como la mayoría de la gente considera que el ser humano está alterando el mundo como nunca ha ocurrido con otra criatura viva antes. Que está causando un daño al resto de seres sin precedentes o que su misma existencia ha supuesto el fin de las reglas del juego evolutivo. Algo así como si su aparición fuese 'el fin de la Historia' evolutiva. Todo ello es falso, naturalmente. Y quizá el equívoco procede de considerar al ser humano y sus creaciones como algo ajeno a la Naturaleza, algo que sigue siendo falso.

Evidentemente es lamentable que las personas causen daños innecesarios a otros seres vivos o que afecte al medio natural de forma grave y, a veces, sin justificación aparente más que la ignorancia. Pero, paradójicamente, la principal víctima de todo ello es el ser humano y la preocupación y exaltación que algunas personas muestran al tratar de estas cuestiones sólo puede entenderse desde un antropocentrismo que esas mismas personas afirman denostar.

Estos hechos graves, que a los amantes de la Naturaleza nos causan gran rechazo, no deben ser en ningún caso una justificación para olvidar o no intentar siquiera conocer la verdadera magnitud y lugar de todas las cosas en este nuestro mundo y en la inconcebiblemente larga historia de la vida (más de 3.500 millones de años sobre la Tierra sin interrupción). La Vida, nos guste o no, seguirá sin nosotros en cualquier caso.

Por último he querido hacer una broma final ilustrando este comentario con una imagen de los estromatolitos de la bahía Shark, en Australia. Estas estructuras son originadas por, entre otras, comunidades de cianobacterias y se encuentran en el registro fósil prácticamente sin alteración desde hace miles de millones de años. El hecho de que aparezca una persona contribuye al resultado del divertimento. Por cierto, la imagen la he sacado del sitio web http://www.aslo.org.

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Esta entrada apareció en primer lugar en Aventuras geológicas en el Cuaternario en febrero de 2012. He decidido presentarla al IV Carnaval de geología a cuenta de la temática escogida para éste: "Nuestro increíble planeta". Efectivamente, la Tierra tiene un repertorio inagotable de sorpresas para el ser humano, especialmente a causa de la tendencia de éste a juzgar el mundo a partir de su limitada experiencia. Y a mí, personalmente, nada me parece más asombroso que el ciclo de influencia mutua entre la la biosfera y la geosfera, de la cual el origen de nuestra atmósfera es un ejemplo extraordinario.
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